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Mi gata, Piña Colada, alias ‘Piñita’ 🙂 llegó a mi casa hace un par de meses… era una cosita pequeñita y ¡llena de pulgas! (me quise morir ese día).

Nunca tuve gatos antes, solo hámsters, y el día que llegó Piñita sentí que no estaba preparada y que debía regresarla. Mi gata llegó a casa con unos dos meses de edad y había nacido en una casa de campo rodeada de muchos más gatos. Yo tenía la ilusión de una mascota para que me hiciera compañía, hasta que me ofrecieron a la gata de regalo… entonces decidí adoptarla.

Mi amiga me advirtió: pide cita con el veterinario porque viene del campo y es posible que tenga algún ‘inquilino’. La gata no trajo una pulga… ¡¡trajo más de 100!! Yo no sabía qué hacer, era de noche y la cita me la habían dado para el siguiente día. Quería mimarla porque no hacía más que subirse a mis piernas y brazos, pero al mismo tiempo sentía un pánico horrible ante la situación y el tener que esperar más de 12 horas hasta que pudieran asistirla. Solo de pensar tener pulgas en casa me puso de los nervios.

Lo único que se me ocurrió fue bañarla…

Sí, con agua tibia y jabón suave le lavé el cuerpo, intentando que algunos ‘inquilinos’ murieran, pero no sabía que las pulgas no desaparecen asi. Empezaron a ir a su cara y cuello (sabía que esa zona no podía ser lavada), y yo empecé a desesperar. La sequé con toallas y me fuí al suelo para cargarla y limpiarla.

Poco a poco fui eliminando algunas pulgas con una pequeña pinza y las tiraba en un recipiente que tenía agua hirviendo y detergente. Pero acabar con todas parecía una tarea eterna y solo podía ver picaduras de pulgas en mi pobre Piñita.

Más tarde, Jose me trajo un peine a casa y entre los dos tratamos de ‘exterminarlas’… pero tampoco fue una jornada exitosa. Debo aclarar que en esta parte de la historia ya iban muertas unas 50 o 60 pulgas, y juro que no soy exagerada.

Cayó lentamente la noche y solo pensaba en como eliminar pulgas en casa

Me di por vencida, metí a Piña en el transportin que llegó y me metí en cama. Evidentemente no dormí en toda la noche. Me sentía muy mal por dejarla ahí encerrada, pero sabía que no podía correr libremente con pulgas en casa sobre las alfombras y muebles. Tampoco estaba segura de si sabría utilizar el arenero…

Al final la noche pasó lentamente y yo esperaba con ansias la hora de mi consulta.

 

 

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